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Una pequeña piedra

Estuvo a punto de morir ahogada en la peor tormenta que los ancianos recuerdan, pero nadó aún sin saber hacerlo hasta encontrar una nueva orilla.

Allí fue atacada por una manada de perros salvajes que la obligaron a correr durante horas hasta hallar un árbol lo suficientemente alto en el que trepar y ponerse a salvo. Las fieras no se cansarían de rodear el árbol, así que tuvo que aprender a volar para escapar.

Las criaturas de los cielos decidieron por unanimidad que aquel no era lugar para ella, y se lo hicieron saber enviándole un tornado que la llevó de nuevo a estrellarse en las áridas tierras que la vieron nacer.

Sobrevivió a una caída de mil metros y se levantó con apenas unos pocos rasguños superficiales en su piel. Se sintió fuerte, se sintió invencible, se sintió inmortal.

Así anduvo feliz por la vida hasta que tropezó con una pequeña piedra en el camino y cayó, rompiéndose en mil pedazos. Entonces empezó a llover, y allí donde reposaba su cabeza se formó un pequeño charco en el que pudo ver reflejado su rostro agotado en los instantes previos a morir ahogada.

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Meditando (IV)

Si no leíste la tercera parte de “Meditando” puedes hacerlo aquí

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No se lo podía creer. Todo había sido tan fluido y espontáneo. Como si alguien hubiera estado hablando a través de ella, se vio a sí misma comunicándole al entrevistador su recién descubierto embarazo y sus dudas acerca de qué hacer con ello. Como si la vida no pudiera parar de sonreírla, vio al entrevistador responder con total naturalidad que su decisión acerca de ser o no ser madre no iba a repercutir en modo alguno en su contratación; si ella decía sí, el puesto era suyo.

Decidió que antes de telefonear a Manuel y a su madre debía calmarse un poco. Estaba emocionada, nerviosa, no podía dejar de temblar. También estaba feliz.

Meditaría unos minutos antes de llamar. Se serenaría y encontraría el modo de comunicar a sus seres queridos las mejores noticias que había recibido en muchos años. Daría las gracias. Su compañera y casi amiga de la oficina le había explicado que es muy sano meditar con gratitud, pues eso te pone en un estado de armonía que te predispone a recibir más cosas buenas. No perdía nada por probarlo, realmente se sentía agradecida y con ganas de calmarse.

Como siempre, se sentó en su recientemente habilitada “zona de meditar” y puso la alarma del móvil para dentro de veinte minutos. Inspira, mente en blanco; espira, gracias; inspira, ¿a qué hora debería llamar a mi madre?; espira, gracias; inspira, ¿cómo se lo tomará Manuel?; espira, mente en blanco, mente en blanco, Marina, tú puedes; inspira, espira, inspira…

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Sonó la alarma del móvil. ¿Ya? ¡Ahora que lo había conseguido! Diez minutitos más.

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Sonó de nuevo el teléfono, pero esta vez era una llamada. Entreabrió los ojos con la mente algo desorientada.

-Buenos días, ¿Marina Cordonero?

-Sí, soy yo.

-La llamo de la Clínica Montaña, solo es para confirmar su cita en radiología para el martes. ¿Acudirá?

Mente en negro.

Ya lo decía su compañera y casi amiga de la oficina, para meditar hay que encontrar una posición cómoda, pero no demasiado. Podrías quedarte dormida.

 

Meditando (III)

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Si no leíste la segunda parte de “Meditando” puedes hacerlo aquí

Vomitó dos veces antes de salir de casa. Tras la primera vez se molestó en cubrir con maquillaje las petequias que le aparecieron en la zona de la ojera a causa del esfuerzo, la segunda vez no se sintió con ganas.

Su cabeza no podía pensar con claridad. ¿Debía ocultar en la entrevista lo que acababa de conocer? ¿Era un buen momento para tener un bebé, ahora que tenía la oportunidad de reafirmarse profesionalmente? ¿Ahora que tanto ella como Manuel habían construido una vida en la que no cabían los niños? Pero este bebé es nuestro sueño. Odio mi trabajo pero pronto estaré de baja por maternidad y luego ya veré qué hago. Pero ONboard es mi gran oportunidad para ser feliz con lo que hago y con lo que soy. No puedo esconderles que estoy embarazada. Pero aún no sé qué voy hacer, así que porqué debería adelantar acontecimientos. Lo diré cuando lo tenga que decir, si es que finalmente hay algo que decir. Pensamientos que se superponían unos a otros y que casi hicieron que se pasara de largo la parada. El metro se detuvo en Cruz del Rayo y Marina bajó con la cabeza obnubilada y las manos ligeramente temblorosas. Tenía que calmarse. Su compañera y casi amiga de la oficina le había explicado unos métodos de meditación exprés que podían hacerse en cualquier lugar y en cualquier momento, incluso en los concurridos pasillos del Metro de Madrid en hora punta.

Así que mientras su futuro se estaba escribiendo y reescribiendo, Marina trataba de dejar la mente en blanco caminando entre hombres y mujeres que estaban junto a ella pero sin estar allí.

Continuará. El domingo 18 tendréis la cuarta y última parte de este relato.

Meditando (II)

Si no leíste la primera parte de “Meditando”, puedes hacerlo aquí

meditando2Sonó el despertador. Hoy era el gran día, el día en que iba a deslumbrar al entrevistador de ONboard. Se había estado preparando durante gran parte de la noche.

Tenía que llamar a la oficina para decir que estaba enferma, tal y como había planeado el día anterior, pero primero café. El día no empieza hasta que te tomas el café, se dijo. Su compañera y casi amiga de la oficina, la que le había recomendado la meditación para aplacar sus nervios, le había insistido también en la importancia de dejar el café, pero aquello no era negociable.

Mientras colocaba el filtro en la cafetera repasando mentalmente lo que le diría a su jefe empezó a sentirse enferma de verdad. Tal vez se estaba autosugestionando de un modo realmente efectivo, o quizá solo era a causa de los nervios; no todos los días una es entrevistada para el trabajo de sus sueños. Abrió el bote de café molido y unas leves arcadas amenazaron su buen humor, así que decidió hacer caso por una vez a su compañera y casi amiga y se preparó una manzanilla.

La tomó, respiró profundamente, tomó el teléfono con decisión y marcó el número de la oficina. Puso su mejor sonrisa telefónica, preguntó por Armando, habló con él, le convenció. Ya estaba un paso más cerca.

Cuando estaba a punto de entrar en el baño el teléfono sonó. Una pequeña ola de negatividad la asaltó pensando que tal vez Armando había cambiado de opinión; seguro que le pedía un justificante para recursos humanos.

-¿Sí?

-¿Marina Cordonero?

-Sí, soy yo. ¿Quién es?

-Soy el doctor Maldonado. Te llamo para cancelar tu cita en radiología programada para el martes 21.

-¿Hay que posponerla? – preguntó Marina confundida –No se preocupe doctor, no hay prisa, es una revisión rutinaria. Mi tobillo va mucho mejor.

-No, hay que cancelarla. Tengo aquí los resultados de tu última analítica. Estás embarazada.

 

Continuará

Meditando

meditandoUna llamada telefónica interrumpió su “meditación”. Utilizo el término entre comillas porque aquella práctica rutinaria no era más que una dosis de veinte minutos diarios de frustración. Llevaba meses intentándolo, nadie podía acusarla de falta de fuerza de voluntad, pero no podía vislumbrarse ningún tipo de progreso. Se sentaba en una incómoda y forzada posición de loto, cerraba los ojos, permanecía inmóvil hasta que comenzaba a picarle un pie o el lóbulo de la oreja derecha, empezaba a respirar con el abdomen, tosía, abría los ojos, dejaba la mente en blanco durante cinco segundos, empezaba a pensar en todo lo que tenía que hacer y el poco tiempo del que disponía, se lamentaba de su existencia durante cinco minutos más y entonces sonaba la alarma del móvil. Preparaba el café y volvía a la rueda, una rutina que llevaba aburriéndola y atormentándola varios años desde que perdió el bebé que tan insistentemente habían estado buscando. Las crisis de ansiedad eran constantes, así como las largas épocas de decaimiento y apatía. Una compañera y casi amiga de la oficina le había recomendado la meditación para hacer frente a todo aquel desasosiego. Le dijo que lograría aumentar su energía y positivismo. Hasta la fecha seguía intentándolo con ahínco, pero nada de nada.

Agradeció esa llamada disruptiva y, todavía en posición de loto, se estiró para alcanzar el teléfono.

-¿Sí?

-Buenos días, ¿Marina Cordonero?

-Sí, soy yo. Dígame.

-Le llamamos de ONboard en respuesta al currículum que nos mandó hace algunos años. Por aquel entonces no estábamos seleccionando personal pero actualmente tenemos una vacante en la cual su perfil encaja a la perfección. Estaríamos muy interesados en conocerla personalmente pues, como le decía, consideramos que es usted perfecta para el puesto. Entendemos que ha pasado mucho tiempo y puede que usted ya no esté tan interesada pero si nos da la oportunidad de conversar estaríamos muy agradecidos.

-Sí, por supuesto. Actualmente estoy trabajando pero puedo hacer un hueco para un encuentro.

-Estupendo.

Concretaron un encuentro para el día siguiente. Marina no quería arriesgarse a que la empresa en la que siempre había querido trabajar desde antes de terminar la carrera se arrepintiera en algún momento de esa llamada casi suplicante. Lo había decidido, mañana llamaría a la oficina diciendo que está enferma.

(Continuará)

#RelatosMusicales

El domingo pasado, mientras buscaba entre mis tagirrelatos micros de amor para la entrada “de San Valentín”, me sorprendí encontrando tantos posts de temática amorosa.

relatosmusicalesTras haber publicado la entrada me dio por buscar qué temas o elementos eran los más predominantes entre mis relatos. Me sorprendió el resultado: el motivo con mayor presencia en Tagirrelatos es la música.

¿No os lo creéis? Pues he encontrado siete que giran en torno a ella. Eso demuestra que nuestro pasado nunca nos abandona completamente 😉

Aquí están los 7 Tagirrelatos musicales:

 

El nuevo Charles Dickens

Martín Ortis  no dejaba de asombrarse ante la popularidad que estaba alcanzando. Cuando comenzó a escribir jamás imaginó que llegaría a vivir de ello, mucho menos aún que sería el autor más vendido y solicitado por los medios.

dickensSu escritura, en ocasiones crítica y mordaz, otras veces profundamente emotiva, se caracterizaba siempre por una honda prospección psicológica de las luces y las sombras del ser humano. Es por ello que, primero en los círculos literarios y poco más tarde en la sociedad en general, recibió el apodo de “el nuevo Charles Dickens”. Al principio el título fue un enorme halago para su pequeño orgullo de escritor novel, pero poco a poco fue sintiendo la incomodidad del peso que ponía sobre sus hombros. Sigue leyendo