Archivo del Autor: Gi

Acerca de Gi

Soy profe en entornos no formales de aprendizaje. Leo mucho, escribo un poco. Estudio árabe y visito museos. Escucho música que nadie que yo conozca escucha. Cuando era pequeña quería ser controladora de semáforos.

Una pequeña piedra

Estuvo a punto de morir ahogada en la peor tormenta que los ancianos recuerdan, pero nadó aún sin saber hacerlo hasta encontrar una nueva orilla.

Allí fue atacada por una manada de perros salvajes que la obligaron a correr durante horas hasta hallar un árbol lo suficientemente alto en el que trepar y ponerse a salvo. Las fieras no se cansarían de rodear el árbol, así que tuvo que aprender a volar para escapar.

Las criaturas de los cielos decidieron por unanimidad que aquel no era lugar para ella, y se lo hicieron saber enviándole un tornado que la llevó de nuevo a estrellarse en las áridas tierras que la vieron nacer.

Sobrevivió a una caída de mil metros y se levantó con apenas unos pocos rasguños superficiales en su piel. Se sintió fuerte, se sintió invencible, se sintió inmortal.

Así anduvo feliz por la vida hasta que tropezó con una pequeña piedra en el camino y cayó, rompiéndose en mil pedazos. Entonces empezó a llover, y allí donde reposaba su cabeza se formó un pequeño charco en el que pudo ver reflejado su rostro agotado en los instantes previos a morir ahogada.

Qué pena

Te vendan los ojos y te dan tres vueltas como en el clásico juego infantil de la gallinita ciega. Te ponen la música muy alta, y te encienden la televisión, y te ponen en una calle con luces y coches y gente que habla mucho y no dice nada. Te dan una bofetada pero antes anestesian tu rostro para que no la sientas. Atrofian tu olfato salvaje con sucedáneo de olor a limpio  y ya no recuerdas a qué sabe el amor intenso. Y tú te dejas. Qué pena.

Meditando (IV)

Si no leíste la tercera parte de “Meditando” puedes hacerlo aquí

meditando4

No se lo podía creer. Todo había sido tan fluido y espontáneo. Como si alguien hubiera estado hablando a través de ella, se vio a sí misma comunicándole al entrevistador su recién descubierto embarazo y sus dudas acerca de qué hacer con ello. Como si la vida no pudiera parar de sonreírla, vio al entrevistador responder con total naturalidad que su decisión acerca de ser o no ser madre no iba a repercutir en modo alguno en su contratación; si ella decía sí, el puesto era suyo.

Decidió que antes de telefonear a Manuel y a su madre debía calmarse un poco. Estaba emocionada, nerviosa, no podía dejar de temblar. También estaba feliz.

Meditaría unos minutos antes de llamar. Se serenaría y encontraría el modo de comunicar a sus seres queridos las mejores noticias que había recibido en muchos años. Daría las gracias. Su compañera y casi amiga de la oficina le había explicado que es muy sano meditar con gratitud, pues eso te pone en un estado de armonía que te predispone a recibir más cosas buenas. No perdía nada por probarlo, realmente se sentía agradecida y con ganas de calmarse.

Como siempre, se sentó en su recientemente habilitada “zona de meditar” y puso la alarma del móvil para dentro de veinte minutos. Inspira, mente en blanco; espira, gracias; inspira, ¿a qué hora debería llamar a mi madre?; espira, gracias; inspira, ¿cómo se lo tomará Manuel?; espira, mente en blanco, mente en blanco, Marina, tú puedes; inspira, espira, inspira…

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Sonó la alarma del móvil. ¿Ya? ¡Ahora que lo había conseguido! Diez minutitos más.

Mente en blanco.

Mente en blanco.

Sonó de nuevo el teléfono, pero esta vez era una llamada. Entreabrió los ojos con la mente algo desorientada.

-Buenos días, ¿Marina Cordonero?

-Sí, soy yo.

-La llamo de la Clínica Montaña, solo es para confirmar su cita en radiología para el martes. ¿Acudirá?

Mente en negro.

Ya lo decía su compañera y casi amiga de la oficina, para meditar hay que encontrar una posición cómoda, pero no demasiado. Podrías quedarte dormida.

 

Meditando (III)

meditation

Si no leíste la segunda parte de “Meditando” puedes hacerlo aquí

Vomitó dos veces antes de salir de casa. Tras la primera vez se molestó en cubrir con maquillaje las petequias que le aparecieron en la zona de la ojera a causa del esfuerzo, la segunda vez no se sintió con ganas.

Su cabeza no podía pensar con claridad. ¿Debía ocultar en la entrevista lo que acababa de conocer? ¿Era un buen momento para tener un bebé, ahora que tenía la oportunidad de reafirmarse profesionalmente? ¿Ahora que tanto ella como Manuel habían construido una vida en la que no cabían los niños? Pero este bebé es nuestro sueño. Odio mi trabajo pero pronto estaré de baja por maternidad y luego ya veré qué hago. Pero ONboard es mi gran oportunidad para ser feliz con lo que hago y con lo que soy. No puedo esconderles que estoy embarazada. Pero aún no sé qué voy hacer, así que porqué debería adelantar acontecimientos. Lo diré cuando lo tenga que decir, si es que finalmente hay algo que decir. Pensamientos que se superponían unos a otros y que casi hicieron que se pasara de largo la parada. El metro se detuvo en Cruz del Rayo y Marina bajó con la cabeza obnubilada y las manos ligeramente temblorosas. Tenía que calmarse. Su compañera y casi amiga de la oficina le había explicado unos métodos de meditación exprés que podían hacerse en cualquier lugar y en cualquier momento, incluso en los concurridos pasillos del Metro de Madrid en hora punta.

Así que mientras su futuro se estaba escribiendo y reescribiendo, Marina trataba de dejar la mente en blanco caminando entre hombres y mujeres que estaban junto a ella pero sin estar allí.

Continuará. El domingo 18 tendréis la cuarta y última parte de este relato.