Una pequeña piedra

Estuvo a punto de morir ahogada en la peor tormenta que los ancianos recuerdan, pero nadó aún sin saber hacerlo hasta encontrar una nueva orilla.

Allí fue atacada por una manada de perros salvajes que la obligaron a correr durante horas hasta hallar un árbol lo suficientemente alto en el que trepar y ponerse a salvo. Las fieras no se cansarían de rodear el árbol, así que tuvo que aprender a volar para escapar.

Las criaturas de los cielos decidieron por unanimidad que aquel no era lugar para ella, y se lo hicieron saber enviándole un tornado que la llevó de nuevo a estrellarse en las áridas tierras que la vieron nacer.

Sobrevivió a una caída de mil metros y se levantó con apenas unos pocos rasguños superficiales en su piel. Se sintió fuerte, se sintió invencible, se sintió inmortal.

Así anduvo feliz por la vida hasta que tropezó con una pequeña piedra en el camino y cayó, rompiéndose en mil pedazos. Entonces empezó a llover, y allí donde reposaba su cabeza se formó un pequeño charco en el que pudo ver reflejado su rostro agotado en los instantes previos a morir ahogada.

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