Nadie te va a creer

–  ¡Eh! Chica, ¿estás bien? – a su alrededor se fue congregando cada vez un número mayor de jóvenes conforme iban saliendo de la discoteca.

– Tal vez si le mojamos la cara – propuso una chica.

– Qué pedo lleva – sentenció otra.

La joven abrió lentamente los ojos y elevó la mirada para ver el círculo de personas sudorosas que la rodeaba en aquel callejón oscuro. A ratos se escuchaba música, y de repente cesaba. La puerta trasera de la discoteca se abría intermitentemente y de allí salían más jóvenes que se unirían al círculo de curiosos sudados.

– No estoy borracho, creo. Al menos no me siento borracho – dijo mirando a sus observadores.

– Querrás decir borracha… en serio, es lo que pareces.

taconesSe levantó con un poco de dificultad. Apenas podía tenerse en pie en aquellos tacones de aguja. Sus medias estaban rotas e iba demasiado ligera de ropa para una noche de noviembre, pero no estaba herida ni tenía nada roto. No sentía dolor, tan sólo un leve mareo y algo de embotamiento en la cabeza.

– ¿Recuerdas qué te ha pasado? – voces curiosas comenzaron a interrogarla mientras la mayor parte de los congregados volvía a entrar en el local, probablemente decepcionados ante la vuelta en sí de la chica.

– No, no sé qué hago aquí. ¿Dónde estoy? 

– En el callejón trasero de la Misba.

– ¿Pero dónde?

El pequeño grupo que aún quedaba la miró con extrañeza y preocupación.

– En Madrid. ¿De dónde eres?

– No lo sé… no me acuerdo.

Más miradas inquietas.

– ¿Recuerdas tu nombre?

– No. No recuerdo nada de mí ni sé qué hago aquí.

– Tal vez deberíamos llamar a la policía o…

– ¡No! – se apresuró a gritar la muchacha de forma instintiva –. La policía no, la policía no.

– ¿Por qué dices eso? ¿Te has acordado de algo?

– No. No sé porqué lo he dicho.

Una de las chicas sacó un espejo de mano de su bolso y se lo entregó.

– ¿Te reconoces?

La desconocida estiró el brazo para abarcar la mayor parte posible de su imagen reflejada en el pequeño espejo. El pulso le temblaba. Se llevó la otra mano a la cara y la palpó, como si fuese la primera vez que se veía, como si esa mano nunca hubiera tocado ese rostro.

– No debería ser una chica.

No recordaba nada acerca de ella misma pero por alguna extraña razón, en aquel preciso momento, no se sentía familiarizada con el hecho de ser mujer.

– Está fatal.

– A saber qué se ha metido.

Poco a poco el callejón se fue vaciando hasta que no quedó nadie más. La chica que le había prestado el espejo recriminó al resto su nueva actitud de indiferencia hacia la desconocida pero finalmente también se fue tras ellos.

Estaba sola. Solo. De repente supo con certeza que su nombre era Alberto. Los recuerdos fueron llegando a su mente atropelladamente, pasó un rato hasta que logró ponerlos en orden. Ya sabía quién era, qué estaba haciendo allí y hacia dónde tenía que ir.

Se quitó los zapatos de tacón para poder andar y se dirigió hacia la calle paralela al callejón en el que se encontraba. Buscó en el bolso un teléfono en el que consultar la hora; quería saber cuánto había durado el proceso. Una hora y diez minutos. Mucho tiempo. No estaba seguro de si Fran seguiría allí.

Empezó a andar a toda prisa. Luego a correr hasta que llegó al lugar. Allí estaba Fran, según lo acordado. Con él estaba la chica cuyo cuerpo estaba ocupando, atrapada en el suyo. Su gesto asustado se volvió de terror cuando se vio aparecer a ella misma. El otro tuvo que taparle la boca para evitar que gritara. Para Alberto era algo fascinante, aunque insólito. Ahí estaba su cuerpo, su cara, pero esa expresión era totalmente nueva, esa forma de mirar, de entornar la boca… no era suya.

– Has tardado – se quejó Fran.

– El rato de confusión dura más de lo que creíamos. Me ha costado recordar, ha sido de locos. Pero ha funcionado, tío, alegra esa cara.

La chica en el cuerpo de Alberto dejó de revolverse entre los brazos de Fran y comenzó a sollozar.

– ¿Qué haremos con ella, Alberto? – preguntó mientras le dejaba algo más de libertad de movimiento.

– Comprobar si es una chica razonable. Vamos a ver lo raro que es hablarme a mí mismo – dijo riendo mientras se sentaba a su lado-. Fran va a soltarte. No hagas ninguna tontería.

La joven se quedó inmóvil, sentada con las piernas dobladas, las rodillas contra el pecho y los brazos rodeándolas. Miraba a Alberto, a sí misma, fijamente.

– Éste y yo hemos creado algo revolucionario, te ahorraré los detalles técnicos porque no los entenderías. Podemos trasvasar mentes de un cuerpo a otro. Hasta ahora necesitábamos la implicación consciente de los dos sujetos y estar conectados. Ahora, como ves, ya no. Voy a devolverte tu cuerpo; sólo lo necesitábamos para el experimento. Ni lo he tocado, eso sí, creo que te he roto las medias. Puede que volvamos a tener ese rato incómodo de no saber quiénes somos, pero luego recordaremos todo otra vez. A ti te conviene olvidarlo, de todos modos. Te voy a dar dos consejos: uno, deja de usar semejantes tacones, no pueden ser buenos para tu espalda; dos, sigue con tu vida de fiesta y no cuentes nada de lo que ha ocurrido esta noche, nadie te va a creer.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s