Incongruencia

Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del invierno más frío que jamás había vivido la ciudad. Tras semanas de nevadas sin cese, el autobús pudo circular por primera vez sin cadenas y llegó a la estación a la hora prevista. Cuando el vehículo se detuvo, Silvia experimentó una sensación extraña a la que los demás pasajeros parecían ajenos. Bajó desconfiada, cogió su maleta y se dirigió a la salida, recelosa por no ver a ningún viajero esperando en los andenes.

Normalmente caminaba ligera, pero en aquel espacio de tiempo no pudo evitar contagiarse del ritmo estático del lugar: sin ruidos, sin movimientos, sin personas. Las tiendas del recinto estaban cerradas y las pocas que no, vacías. Salió a la calle y el panorama que encontró allí no difería demasiado del que había en la estación salvo por el calor reconfortante que ofrecía ese sol que tantos meses había tardado en dejarse ver. Se puso las gafas oscuras y miró a su alrededor. Debería haber actividad en esa zona y sin embargo no había nadie; tampoco circulaba vehículo alguno. Corrió angustiada tirando de su maleta coja de una rueda calle arriba hasta el parque y allí subió al primer otero que halló. Hasta donde alcanzaba su vista, Madrid estaba vacía de seres humanos. Madrid vacío

En un instante de lucidez sacó su teléfono. No había red disponible. Dejando atrás su equipaje corrió de nuevo hacia la estación, con la vana esperanza de encontrar allí a alguno de sus compañeros de trayecto. No estaba acostumbrada a correr al ritmo de la desesperación y sentía un calor doloroso en sus pulmones, pero no se detuvo hasta que llegó, exhausta, al andén 16.  Allí seguía estacionado el autobús, pero no había rastro de ninguna de aquellas personas ni de cualquier otra.

Se dejó caer en un banco para recobrar aliento y se percató de que le dolía mucho el tobillo derecho, reminiscencia de una antigua lesión. En aquel momento empezó a llorar, más que por miedo,  por la angustia de no comprender un hecho que escapaba a cualquier razón lógica. Ella era científica y como tal, estaba acostumbrada a deducir en base a la ley de causa y efecto, pero aquel suceso no ofrecía pista alguna de su génesis.

Salió de nuevo a la calle, un poco por inercia. Caminó sin pensar, despacio y sin destino premeditado. Atravesando las vías levantó la mirada para ver si se aproximaba algún tren y en aquel momento sintió una especie de cortocircuito en su cabeza: lo que estaban viendo sus ojos era el mar. De repente su tobillo dejó de doler  y ya no podía notar el calor del sol. Aquello no podía ser el mar, no en Madrid. Se estaba volviendo loca; o estaba soñando, pero no podía despertar. “¡Quiero salir de aquí!”

– El pulso se acelera por momentos, ¡hay que desconectarla ya!

– Silvia, no ha salido bien. ¿Otra incongruencia?

– El mar – manifestó cuando se orientó y recordó porqué estaba allí.

– ¿El mar?

– Había mar. ¿Cómo demonios ha puesto mi cabeza un mar en la simulación? Estaba perfectamente diseñada para que mi mente no pudiera sabotearla.

Cogió la grabadora y expuso: “Prueba número nueve. Siguen surgiendo incongruencias en los entornos de realidad virtual. En la escena del fin de la  humanidad, en el diseño de Madrid, aparece el mar…”

Primer finalista del certamen Madrid Sky
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5 pensamientos en “Incongruencia

  1. ANGEL

    Enhorabuena por el relato, muy muy bueno. Me supo mal no estar tampoco en la entrega de premios, pero era imposible.

    ANGEL PONTONES MORENO

    Me gusta

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  2. Pingback: Premio Dardos | Tagirrelatos

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