Toda la familia te está esperando

by Jose Luis Sarralde

Fotografía de Jose Luis Sarralde

Julio de 2010 lo pasó en Santander para asistir a un seminario de la universidad de verano y fue entonces cuando descubrió que esa era la ciudad en la que debería haber nacido. Se enamoró de la tranquila vida en la costa, del clima atlántico y del olor a verde.  No le costó dejar Madrid porque por alguna razón nunca se sintió del todo a gusto en la capital. De todos modos le encantaba visitar la ciudad cuando tenía unos días libres y ver a su familia, a sus amigos de toda la vida, contagiarse del ritmó enérgico de las calles y disfrutar de las noches. Sobre todo le gustaba volver en Navidad. Cada persona relaciona esa época del año con el lugar en el que creció y ella la vinculaba a los colores de las luces del centro. Le encantaba Madrid en Navidad, pero para todo lo demás, Santander era ya su casa.

Aquel veinticuatro de diciembre llegó a Atocha sobre las siete de la tarde y tomó la línea 1 del metro para ir a casa de sus padres, su casa. Al llegar al portal se encontró con los vecinos del 3ºC. Su familia nunca tuvo una amistad al uso con ellos pero sí una afectuosa relación vecinal forjada durante décadas, de modo que cuando respondieron a su cariñosa felicitación de las fiestas con frialdad y absoluto desconcierto se quedó sencillamente perpleja. Siguió pensando en aquello mientras subía las escaleras buscando su llavero en el bolso. Absurda costumbre la de abrir la puerta del rellano y volver a guardar las llaves sabiendo que van a ser necesarias de nuevo al llegar al piso. Fue a meter la llave en la cerradura pero no entraba. Hizo una mueca de extrañeza puesto que no podía ser ninguna de las otras tres llaves la buena. Tal vez sus padres habían cambiado la cerradura y olvidaron mencionarlo. Tal vez. Llamó al timbre. Ningún sonido que manifestara que en el domicilio hubiera alguien. Al menos su madre debería estar en casa, puesto que era ella quien se encargaba de preparar la cena de Nochebuena. La llamó al teléfono móvil y después al fijo. Nadie respondió. Realmente preocupada después de aquello, llamó al timbre de los vecinos de al lado, los del 4ºA, amigos de toda la vida. Cuando la señora Muñoz abrió la puerta, no lo hizo de par en par; desconfiada, le preguntó a la joven qué quería.

-¡Felices Fiestas, Adela! Acabo de llegar de Santander y me sorprende que no estén mis padres en casa, ya que me estaban esperando, ¿sabes si tenían que ir a algún lado?

-¿Quiénes son tus padres? – preguntó sorprendida la vecina.

-Adela, soy yo, Laura, – respondió todavía más inquieta, convencida de que no había cambiado tanto como para que aquella mujer no la reconociera – la hija de Paco y Verónica. Y señaló con un gesto de la cabeza la puerta de al lado.

Después de que la señora Muñoz le dijera que se había equivocado y cerrara la puerta sin esperar réplica, bajó al portal a comprobar los nombres del buzón. 4ºB: Ernesto Sanchís y Martina Blasco.

Desesperada salió a la calle en dirección al Bar El Trofeo. Trabajó allí cuatro años durante su época de estudiante y el dueño conocía también a su familia. Pero ya no. Esteban, que además de su jefe era su amigo, afirmaba no conocerla, y si sonreía era porque estaba convencido de que aquella joven guapa y descarada le estaba gastando algún tipo de broma. Cuando estaba a punto de empezar a llorar sonó su teléfono móvil, era su madre. Salió a la calle sin despedirse de aquel chico que la miraba con una mezcla de confusión y fascinación a partes iguales. Descolgó:

-¿Dónde estáis? ¡Me tenéis preocupada! Acabo de estar en casa y no hay nadie, ¡y no puedo abrir la puerta con mi llave! Y Adela no os conoce, y…

-¿Cómo que dónde estamos? ¡Dónde estás tú! Toda la familia te está esperando en casa, solo faltas tú por llegar.

Laura no entendía nada.

-¡Pues en Madrid! He llegado hace como dos horas.

-¡Ay la Virgen! ¿Y qué estás haciendo hoy en Madrid? ¡Ya no hay modo de que llegues a tiempo!

-¿Llegar a tiempo a dónde?

-¡Pues a dónde va a ser, por el amor de Dios! ¡A casa, a Santander!

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